Viajar sin barreras es posible
Euskadi avanza hacia modelos de turismo más accesibles para garantizar la inclusión real en cualquier plan de ocio
Laura Castellanos
Desde hace algunos años hablar de accesibilidad era imaginar una rampa en cualquier lugar que fuera necesario. Sin embargo, eso es reducir mucho lo que esta cuestión abarca y requiere, no solo a diario, sino también en lo referido al turismo en nuestro territorio, un gran sector que hoy trabaja más que nunca por modelos aptos para cualquier visitante.
El primer paso para poder implementar medidas óptimas es entender qué es y hacia dónde va el concepto de accesibilidad. Durante más de dos décadas Javier Cueva, técnico de ocio de Fekoor, ha investigado sobre las mejores soluciones para todos los implicados y cubrir con recursos accesibles las necesidades reales, no solo de personas individuales o grupos reducidos, sino como una cuestión estructural que atañe a todo el mundo.
En este tiempo, gracias a los avances impulsados, el entorno vasco ha dado grandes pasos, pero la accesibilidad continúa siendo una asignatura pendiente. «Hay más sensibilidad, más recursos que hablan de accesibilidad y más profesionales que entienden que el turismo debe poder ser disfrutado por todas las personas», pero recuerda Cueva que «todavía estamos lejos de poder hablar de un turismo plenamente inclusivo».
Lo principal es entender que no se trata de un nicho concreto, sino que ha de plantearse como una solución que añada calidad, seguridad y comodidad a todos por igual. Y eso solo se consigue con una planificación a conciencia de cada proyecto, por pequeño que sea. Esto marcará la diferencia y hará que la participación llegue a todos gracias a entornos más amables y mejor diseñados.
Accesibilidad a medias
Uno de los errores más frecuentes está en usar a la ligera este término y no especificar en detalle qué recoge y qué no en el plan o espacio propuesto; también el confundir accesibilidad con inclusión; así como no adecuarse a todas las casuísticas posibles. Este último punto alude a abordar solo la diversidad funcional física, cuando también son importantes la visual, auditiva, intelectual y/u orgánica.
En el primer caso, no basta con instalar, por ejemplo, un ascensor a cota cero en un hotel, sino dotarlo además de baños amplios y aptos para sillas de ruedas; de mostradores a menor altura; o de suficientes plazas adaptadas. Si bien las barreras físicas son aún la gran problemática, también hay otras igual de limitantes y muchas veces olvidadas. Hablamos de las barreras sensoriales o cognitivas: señalética confusa, textos poco legibles, ausencia de apoyo visual…
Aquí no vale la improvisación y un espacio o plan mal diseñados puede suponer la diferencia entre participar o quedarse fuera. «Para muchas personas con discapacidad física y/u orgánica, organizar una salida, una visita cultural, una comida, una estancia o una actividad turística sigue exigiendo demasiadas comprobaciones previas».
Esas comprobaciones preliminares no harían falta si la accesibilidad fuera real y no ocurriera, como por desgracia ocurre, el hablar de ‘espacios adaptados’ que en realidad no lo están al completo. «Hay que llamar, preguntar, contrastar, pedir fotos, confirmar medidas, comprobar baños, accesos, ascensores, transporte, recorridos y apoyos, y como esta información a veces no se puede conseguir o surgen dudas, hay que realizar previamente una prospección para valorar todas las necesidades sobre el terreno», se lamenta Cueva.
Ciudad vs naturaleza
El problema está muy presente en zonas urbanas, pero se recrudece aún más en el medio natural. Mientras las ciudades cuentan, a priori, con una mayor variedad de alternativas, la situación se complica en entornos naturales donde hay mayor probabilidad de terrenos irregulares, menos opciones en transporte o escasez de baños adaptados y alojamientos accesibles.
«No es cuestión de poner ascensores para subir al Gorbea o a San Juan de Gaztelugatxe, pero sí pensar vías verdes en las que realizar actuaciones sencillas que hagan un espacio natural usable, amigable e inclusivo», propone el técnico. Recorridos bien pensados, señalización correcta, baños adecuados o personal formado son algunas formas de acercar la naturaleza a personas con discapacidad sin necesidad, en muchos casos, de grandes presupuestos, pero sí de una buena planificación.
La premisa de que poder entrar no garantiza quedarse habla de lo que aún queda por hacer. Aunque Euskadi cuenta con la Ley 20/1997 de Promoción de la Accesibilidad, como subraya Cueva, «en la práctica muchas personas siguen encontrando barreras que limitan su participación en ocio, cultura, deporte o turismo». No solo vale con tener la norma, hay que cumplirla y seguir trabajando por mejorarla. Y para ello resulta prioritario contar con una información clara y verídica, «saber antes de salir de casa si un recurso es adecuado a sus necesidades».
Bizkaia como ejemplo
Además del Museo Guggenheim Bilbao como muestra de inclusión total, se proponen otros planes de ocio más allá del centro bilbaíno, destacando rutas naturales y culturales que pueden disfrutarse con criterios de accesibilidad, sobre todo física, desde tramos de vías verdes hasta museos y paseos costeros.
La guía turística de Fekoor, en colaboración con la Diputación y la Fundación ONCE, da cuenta de buenas prácticas, con ejemplo de instalaciones como el Museo del Mar de Santurtzi, el de la Minería de Abanto-Zierbena o la Ferrería El Pobal de Sopuerta. Para los amantes de los animales, en el valle de Carranza Karpin Fauna siempre es una buena opción, como también lo son la Cueva de Pozalagua o el Bird Center en la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. De trazado llano y sin barreras arquitectónica la vía verde Montes de Hierro nos lleva al contacto directo con la naturaleza, del mismo modo que la de Itsaslur bordea con encanto los acantilados del Cantábrico.
Esta «voluntad de mejora» se traduce desde hace algún tiempo en recursos que año a año amplían el catálogo de las principales ciudades vascas y municipios cercanos. Una accesibilidad «trasversal» donde un plan de ocio no acabe en manos de la suerte para muchos viajeros.
Turismo accesible con sello alavés
Desde museos a centros de interpretación, pasando por vías verdes, parques naturales o construcciones históricas y monumentales. Planteadas como opciones accesibles en el plano físico, muchas de ellas también lo son a nivel visual, auditivo, intelectual y/u orgánico. Basta con buscar la señalética propuesta al visitante para saber si un recurso atiende a una accesibilidad total o par-cial y en qué grado: accesible (verde), practicable (naranja) o no accesible (rojo).
Proponen de esta manera descubrir sus palacios y museos, como la torre-palacio de los Varona (Villanañe), el Museo Etnográfico (Artziniega) o el Artium. También, disfrutar de su naturaleza entre parques naturales, senderos o espacios con carácter. En este grupo no podían faltar opciones como la vía verde del ferrocarril vasco-navarro, los parques naturales de Gorbeia e Izki, el Valle Salado de Añana o, en la capital alavesa, el conjunto de parques que forman el Anillo Verde. En Laguardia pueden visitarse puntos de gran interés como el centro temático del vino Villa Lucía.

