El trayecto como parte del viaje
Funiculares y ascensores históricos añaden un aliciente extra en el disfrute de nuestros miradores, paseos y playas
Por Laura Castellanos
Hay viajes que apenas duran unos minutos, pero cuentan mucho más de lo que parece. No son solo meros desplazamientos, pueden convertirse en pequeñas experiencias dentro del propio plan de ocio. Para escapar del bullicio diario, visitar entornos en plena naturaleza, ver la urbe desde otra perspectiva o llegar a la playa sin complicaciones, es ahí donde entran en juego infraestructuras como funiculares y ascensores.
En Bizkaia hay varios ejemplos de ello, todos diferentes entre sí y con su propia historia. El más conocido es quizá el de Artxanda, pero le sigue de cerca el de La Reineta, en La Arboleda, y el ascensor de Ereaga en área costera. Desde la Oficina de Turismo nos acercan a sus particularidades y en ella pueden consultarse los horarios y tarifas para esta temporada que ahora empieza. Una atracción más del propio enclave del que forman parte y que cada verano acoge, en unos y otros puntos, a cientos de visitantes.
Funicular de Larreineta

Esta joya del Valle de Trápaga es destino oficial para pasar una jornada estival sin más pretensiones que disfrutar de la naturaleza. Pero no siempre fue un lugar de ocio y esparcimiento. Su pasado minero estuvo íntimamente ligado al Bilbao más industrial y allí, en medio de la vorágine de la explotación de recursos y la industria siderúrgica, se inauguró en 1926 el funicular de Larreineta. Con el objetivo de conectar Trapagaran con la zona minera alta, la construcción facilitó la vida de sus habitantes y, durante décadas, fue una pieza fundamental para transportar no solo personas, sino también mercancías y hasta vehículos que, de otra forma, por las complicaciones del terreno, hubiera resultado mucho más dificultoso.
Calificada como patrimonio cultural, en la actualidad esta reliquia viva, ajena al sentir de los nuevos tiempos, sigue haciendo su mismo recorrido. Apenas diez minutos de viaje donde su significado ha cambiado mucho en este siglo de historia. Alejada ya del trajín laborioso de antaño, al llegar arriba el paisaje invita justo a lo contrario. Un transporte concebido para ayudar en la producción que hoy se ha convertido en una entrada al descanso. Una alternativa de ocio para conocer una pieza clave de nuestro pasado que nos transporta a un escenario natural donde caminar sin rumbo y perderse entre lagos, senderos y un buen plato de alubias.
Funicular de Artxanda

En funcionamiento desde 1915, en apenas tres minutos el funicular de Artxanda enlaza Bilbao con uno de sus grandes miradores, si no el mayor balcón natural de la zona. Desde ahí arriba la altura permite obtener otra perspectiva y la ciudad se despliega en todo su esplendor: sus calles, edificios icónicos, barrios y puentes, rodeados por los montes del entorno y la ría como eje vertebrador de todo el conjunto. Y ahí está el mayor valor de esta construcción, facilitar el viaje y mostrarse sin ambages, pues el paisaje ya hace el resto.
Para quien recale en la villa por primera vez el funicular está entre los imprescindibles. Enmarcado en un contexto más urbano que el anterior, tiene en común con éste la experiencia del viaje como aliciente. Para muchos pasajeros habituales que copan a diario sus asientos, es un elemento más de su rutina, pero cuando el ocio asoma, su función cambia. En un abrir y cerrar de ojos el asfalto desaparece en favor del verde, la calma reina más que el ruido y la prisa se detiene. Zonas para caminar, restaurantes y vistas que no decepcionan. Para acabar la jornada con un atardecer memorable o pasar un domingo en familia, el funicular representa la inmediatez, no solo para trabajar, sino también para disfrutar.
Ascensor de Ereaga

Mientras el funicular de Larreineta conecta con la montaña y el de Artxanda nos dibuja la ciudad desde las alturas, la playa de Ereaga salva su desnivel con el centro de Algorta gracias al ascensor que toma del entorno su mismo nombre. Con menor peso histórico que los anteriores, la finalidad sin embargo es la misma. La clave está en la accesibilidad en el sentido más cotidiano del término y es que cuando el acceso al destino mejora, el espacio se disfruta más y se siente más cercano.
La escapada merece la pena y es que, a solo 14 kilómetros de Bilbao, ubicada entre el Puerto Viejo y el espigón de Arriluze, esta playa getxotarra permite disfrutar del plan veraniego por antonomasia en un lugar privilegiado rodeado de una gran riqueza arquitectónica donde los palacetes y casonas enmarcan la estampa. Ahí, entre la vista que funde montaña y costa, este funicular moderno resuelve una necesidad práctica facilitando la visita de familias con niños, personas mayores o con movilidad reducida. Porque moverse bien también es poder llegar antes y mejor al destino escogido.

