Educación emocional: clave para el éxito en las aulas
Educar en emociones favorece el rendimiento académico, según múltiples estudios
Por Leire Fernández
Ya nadie duda de que cuidar del bienestar emocional de niños y adolescentes es clave para su buen desarrollo personal, pero son muchos los estudios que demuestran que también es clave en el rendimiento académico. «Aprender con emoción y utilizar las emociones que favorecen el aprendizaje deberían formar parte del día a día de cualquier clase en cualquier etapa educativa, aunque es cierto que, a medida que los alumnos pasan de curso, los contenidos curriculares se convierten en el principal motivo de la enseñanza en las aulas, olvidando que los seres humanos somos, en primer lugar, seres que sentimos, y en segundo lugar seres que pensamos», destaca Begoña Ibarrola, psicóloga y escritora infantil y juvenil especializada en inteligencia emocional.
«Se ha demostrado científicamente que la educación de las emociones tiene consecuencias muy positivas para los alumnos. En primer lugar, muchos problemas de conducta y bajo rendimiento académico tienen su origen en problemáticas de tipo emocional y no en su falta de capacidad cognitiva», explica Ibarrola. «Además, la neurociencia ha demostrado que las emociones afectan al aprendizaje, por tanto, la emoción es un ingrediente básico del proceso cognitivo, del razonamiento. Estos descubrimientos científicos implican una función mucho más importante para la comprensión e integración de las emociones en el aprendizaje».
«Si queremos que nuestros alumnos mejoren sus aprendizajes, debemos intervenir a nivel de clima emocional y tener en cuenta las emociones que sienten a la hora de trabajar en el aula, solos o en equipo, reflexionar sobre lo aprendido y explicar a los demás lo que saben», reitera la experta.
Esta importancia de la educación emocional debe darse desde la etapa infantil, pero si hay una en la que es imprescindible es en Secundaria. «Con la entrada en la adolescencia, se producen cambios emocionales muy potentes que deben aprender a manejar. En ese sentido debemos destacar que, si un alumno ha recibido educación emocional desde pequeño, cuenta ya con una ‘caja de herramientas’ emocionales que le ayudarán mucho y se nota perfectamente todo ese entrenamientos anterior», comenta la psicóloga. «Hay que adaptar la metodología a la etapa del desarrollo emocional en la que está el alumno y utilizar actividades y dinámicas que tengan que ver con sus intereses y momento de vida. Así mismo, el propio alumnado puede llevar su entrenamiento fuera del aula. Esto es importante porque la adolescencia es una época de mucha relación social, mucha interacción entre iguales, y tener adquiridas habilidades emocionales causa un impacto muy positivo».
¿Asignatura o abordaje?
En cuanto a los retos que supone implementar la educación emocional en el aula, Ibarrola lo tiene claro. «El principal es normalizarla, bien como asignatura o como un abordaje transversal», afirma. «Una vez que el educador sabe que influye en el aprendizaje, se pueden buscar momentos en la clase, de cualquier materia, donde se vinculen los conocimientos que se están impartiendo con alguna experiencia emocional que ayude a memorizar los contenidos».
Eso sí, Ibarrola reconoce que «ello implica que cada profesor se dé cuenta de que merece la pena invertir unos minutos de su clase para abordar alguna competencia emocional a través de una actividad, o que puede hacer un puente entre los contenidos curriculares de su asignatura y los de un programa de educación emocional. Se ha demostrado que esos minutos bien aprovechados, mejoran la atención y comprensión del alumnado el resto del tiempo de la asignatura, por tanto no son una pérdida sino una ganancia».
Precisamente un profesorado que se involucre y se forme es clave para que este tipo de programas y planteamientos funcionen. «Yo llevo más de veinticinco años formando a claustros y debo decir que los primero beneficiados son ellos como personas, y después sus alumnos. Y es comprensible, porque nadie les ha enseñado, por ejemplo, técnicas de autocuidado emocional, y es algo muy necesario en momentos donde el malestar docente alcanza cotas preocupantes. Por tanto, más allá de iniciativas particulares de algunos centros, que son a valorar, se debería abordar en el Grado, en la Universidad».
Guzmán afirma que, para ello, es necesario facilitar y reforzar la formación en esas lenguas minoritarias o minorizadas para que todas las personas puedan incorporarse al mercado laboral en igualdad de condiciones. También es importante que el sector privado valore la diversidad lingüística existente en el territorio y lo vea como una oportunidad para abrirse a mercados antes inaccesibles. «Por su parte, los servicios públicos deben incorporar la diversidad lingüística para que todas las personas puedan ejercer sus derechos (justicia, atención médica, seguridad social, participación, etc.); son factores fundamentales para salir de la pobreza. Sin duda, cuando las personas pueden usar su lengua materna se sienten más seguras, valoradas y tienen más oportunidades, un mejor futuro».
«Hay que adaptar la metodología a la etapa del desarrollo emocional en la que está el alumno»
Begoña Ibarrola | Psicóloga y escritora infantil y juvenil
Contra el bullying
La educación emocional también tiene un efecto positivo en la lucha contra el bullying. «El aula es un espacio de convivencia, por lo tanto, es un ámbito donde se generan frecuentes conflictos interpersonales ocasionados por múltiples motivos y derivados de las características propias del desarrollo en estas edades», comenta Ibarrola.
Según la experta, hay una evidencia: «los niños tienden a ser crueles con los que perciben como más débiles». «Un profesor que percibe acoso o maltrato por parte de un alumno a otro debe trabajar con los dos a la vez, desarrollando habilidades emocionales diferentes. Al que sufre bullying, aumentando su empoderamiento, su autoestima y su asertividad, para que sea capaz de poner límites a los demás y enfrentarse a situaciones difíciles. En cambio, con los agresores hay que desarrollar su capacidad empática y redireccionar su forma de comportarse hacia otro tipo de actos solidarios y de ayuda. La empatía mejora la conducta prosocial al permitir sentir lo que siente el otro».
Y recalca que si un alumno agrede a otro, «tiene un alto nivel de malestar que hay que abordar también, no solo sirve sancionar, sino ofrecerle recursos para mejorar su bienestar y preguntarnos por qué necesita hacer daño. En el fondo una actitud violenta es una llamada de auxilio».
Atención: peligro a la vista
Uno de los retos de la educación emocional pasa por llevarla a los hogares. «Es necesario comprender que la base se forma dentro de la familia y no únicamente desde la escuela», reconoce Begoña Ibarrola. «Las familias lo saben, pero muchas no se sienten preparadas para acompañar el desarrollo emocional de sus hijos, aunque cada vez son más los que buscan asesoramiento, acuden a conferencias o leen libros sobre el tema». Para lograrlo lo primero que tenemos que tener claro es que es necesario «legitimar todas las emociones que sienten, acompañar a nuestros hijos en su alegría, consolarles cuando están tristes, entender sus enfados y aportarles herramientas para entrar en calma, comprender sus miedos y protegerles, a la vez que los animamos a enfrentarse a ellos», especifica Ibarrola. Pero para ello deben aprender a nombrarlas. «Cuando ponen nombre a sus emociones, empiezan a poderlas manejar. Deben aprender a expresarlas de manera adecuada, sin reprimirlas, pero sin hacer daño a otros. Les tenemos que enseñar a manejar la frustración, un aspecto muy importante y que cada vez está menos presente en los niños, porque no la podemos evitar».

