Estudiantes motivados, un trabajo que comienza en la familia y sigue en el aula
Las pantallas, una mala alimentación o un clima negativo en clase afectan al alumnado a la hora de interesarse en los estudios
Por Leire Fernández
Apatía, desgana, falta de interés, bajo rendimiento académico… La desmotivación se ha convertido en una de las grandes preocupaciones del sistema educativo y no influye solo a las notas sino que abarca todo un proceso neurológico. El diagnóstico es claro: cada vez cuesta más que niños y adolescentes encuentren sentido al estudio. Pero ¿cuál es la causa? «Tradicionalmente se distingue entre motivación intrínseca y extrínseca. La primera aparece cuando el estudiante realiza una actividad por interés, curiosidad o placer personal; la segunda, cuando actúa para obtener una recompensa externa como una nota, un premio o para evitar un castigo», detalla Alaitz Aizpurua, investigadora y profesora de la Universidad del País Vasco.
Sin embargo, según explica Adriana Tamez, del Colegio de Psicólogos de Bizkaia, desde la neuropsicología se da un enfoque tridimensional. «Hay procesos bioquímicos, neuropsicológicos y psicológicos». Esto significa que factores como la alimentación, el descanso, el desarrollo cerebral o el estado emocional influyen directamente en la capacidad de un alumno para activarse y aprender. “La motivación es activación para la acción. Si el estudiante percibe la educación como aburrida o no encuentra a qué agarrarse, no se activa”, añade Tamez.
Algo tan simple como retomar las rutinas tras las vacaciones les supone un cambio bioquímico que deben afrontar. «No solo les pasa a los estudiantes, nosotros al volver al trabajo también lo notamos. Pero en su caso, por ejemplo tras las vacaciones de Navidad, que han comido más dulces, han hecho menos ejercicio… provoca un cambio bioquímico en el cuerpo, que a su vez influye en lo neuropsicológico. Si tengo más azúcar, pongo menos atención y me interesa comer más azúcar y estar más tiempo sentado frente a las pantallas. Han cortado con toda responsabilidad y quieren quedarse en ese estado». Esto en el caso de las personas neurotípicas, pero en el caso de niños neurodivergentes el impacto es mayor. «Para niños con autismo o hiperactividad el hecho de regresar al colegio implica un impacto neuropsicológico verdadero por lo que necesitarán una atención especializada».
Uno de los grandes detonantes de la desmotivación actual son las pantallas. “Afectan directamente al núcleo accumbens, el centro del placer y la recompensa”, alerta la psicóloga. En sus palabras, «la peor edad para dar pantallas es cuando el cerebro está en formación. Hay padres que vienen a consulta pensando que sus bebés son superdotados porque pueden hacer cosas en el móvil o en la tablet con el dedo y lo que están haciendo es perjudicarles porque no pueden desarrollarse bien». El problema se agrava en la adolescencia, una etapa clave de reestructuración cerebral. «Antes se hablaba de la ‘edad del pavo’ porque el cerebro estaba reorganizándose para madurar. El problema ahora es que, con las pantallas, esa desestructuración se cronifica y el cerebro no termina de madurar nunca», explica.
Eso sí, esta pérdida de motivación también se explica por otros factores que se acentúan según el niño crece y los estudios se intensifican: la pérdida de autonomía, la falta de sentido de los contenidos y el peso excesivo de la evaluación. «El aprendizaje deja de ser un proceso de descubrimiento y se convierte en una carrera por la nota», señala Aizpurua.
El aula también juega un papel decisivo. Un clima emocional negativo puede bloquear el aprendizaje. «En un entorno de miedo o ridiculización, el cerebro entra en modo supervivencia», explica la investigadora de la EHU. Por el contrario, un clima positivo, donde el error se entiende como parte del aprendizaje, refuerza la motivación.
Según la profesora universitaria un ejemplo claro es la forma de responder a un error en clase. «No es lo mismo decir ‘eso es una tontería’ que plantear: ‘es interesante que pienses eso, vamos a analizarlo juntos’; este segundo enfoque refuerza la competencia y la relación, dos pilares básicos de la motivación intrínseca según la teoría de la autodeterminación». Esta teoría postula que para sentirnos motivados «necesitamos percibir que somos dueños de nuestras acciones, es decir, que realizamos las acciones porque hemos decidido realizarlas» y señala «la importancia que para la motivación intrínseca tienen dos aspectos; por un lado, la competencia, es decir, el sentir que somos capaces y que estamos mejorando, y por otro la relación o afiliación, que sería tener un vínculo afectivo con el/la profesor/a y el sentirse parte de un grupo».
También se cometen errores frecuentes al intentar motivar: el abuso de recompensas, el uso de amenazas o el exceso de control. “Si premiamos constantemente algo que ya es interesante, podemos corromper la motivación intrínseca”, advierte Aizpurua. El alumno acaba estudiando por el premio, no por aprender.
¿Qué errores cometemos al intentar motivar?
«Si damos un premio por algo que ya es interesante de por sí, podemos «corromper» la motivación intrínseca», comenta Aizpurua. Por ejemplo: Imagina a un alumno al que le encanta leer por placer. Su profesor, queriendo «motivarlo» más, establece un sistema de pegatinas: por cada libro leído, una pegatina; con cinco pegatinas, un premio. El niño entonces empieza a leer libros más cortos y fáciles solo para conseguir el premio rápido. La lectura deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en un trámite para el premio y si quitas el premio, es probable que deje de leer.
Decir «si no estudias, suspenderás» genera ansiedad, pero no ganas reales de aprender.
Si le decimos al alumno exactamente qué, cómo y cuándo hacer todo, anulamos su sentimiento de autonomía. «Por ejemplo, en lugar de utilizar el estilo controlador diciendo «mañana hay que entregar un resumen de 2 páginas sobre la Revolución Francesa. Si no está a las 9:00, bajará un punto la nota»; es mejor fomentar la autonomía, diciendo «para entender cómo se crearon los derechos humanos actuales, vamos a analizar la Revolución Francesa y en este caso podéis elegir cómo presentar vuestras conclusiones: un ensayo escrito, un podcast simulando una noticia de la época o un mapa conceptual», resume la experta de la EHU.
No señalar culpables
En lo que sí coinciden ambas expertas es en que la motivación o la falta de ella no depende de un único actor. La familia tiene un papel fundamental desde la primera infancia. «La responsabilidad se empieza a construir desde pequeños, si con dos años son capaces de guardar sus zapatos en el zapatero o de ponérselos solos por las mañanas hay que dejarles que lo hagan», señala Adriana Tamez. También insiste en la importancia de una alimentación adecuada, como introducir proteínas en el desayuno en lugar de productos ultraprocesados, y en el control del uso de pantallas. «Las pantallas parecen solucionar un problema hoy, pero crean uno mucho mayor dentro de unos años».
En cuanto al profesorado, su labor es clave, pero limitada si el alumno llega al aula sin dormir, hiperestimulado y sin hábitos. «El profesor es un segundo escuadrón», afirma Tamez. Aunque Aizpurua enfatiza en que el docente puede fomentar la motivación diaria ofreciendo opciones, planteando retos ajustados y proporcionando una retroalimentación constructiva que vaya más allá de la nota. «Explicar qué se ha hecho bien y cómo se puede mejorar a través de un feedback constructivo refuerza el sentimiento de competencia. Además no hay que olvidar que el clima emocional es el motor del aprendizaje. En un aula donde impera el miedo o la inseguridad, el cerebro entra en modo «supervivencia» y se bloquea. En un clima seguro, donde se acepta el error como parte del proceso de aprendizaje, el alumno está dispuesto a arriesgarse y a aprender de forma más profunda», advierte.
Curiosamente, muchos estudiantes recuperan la motivación cuando pasan a los estudios postobligatorios elegidos por ellos mismos. «Vuelve la autonomía y el sentido del aprendizaje», explica la investigadora de la EHU. «El alumno siente que es dueño de su camino y que lo que estudia está ligado a su futura identidad profesional. De alguna forma, tal y como postula la teoría de la autodeterminación, impera la motivación intrínseca frente a la extrínseca».

