La música, una educación a contracorriente de la inmediatez

La educación musical gana peso en las aulas como herramienta para cultivar la atención, la constancia y el pensamiento crítico en la infancia

Jazmín Romero

La música acompaña al ser humano desde mucho antes de que existieran las aulas, los libros o los exámenes. Está en los rituales, en la memoria colectiva y en la forma en que las sociedades se expresan. Hoy sabemos que estudiarla no tiene tanto que ver con «formar músicos» como con formar personas: pensantes, críticas, creativas y capaces de conectar saberes distintos.

Desde el punto de vista cognitivo, la música activa múltiples áreas del cerebro. Interviene en funciones como la memoria, la atención, el lenguaje o el razonamiento espacial. La neurociencia ha demostrado que la educación musical mejora habilidades como el razonamiento verbal, la planificación o la memoria a corto plazo, capacidades que repercuten también en el rendimiento académico en otras materias. Los estudios de neuroimagen muestran, además, que la práctica musical refuerza las conexiones entre regiones cerebrales vinculadas a la cognición, la memoria y el control motor. Lejos de compartimentar, la música conecta: activa tanto el hemisferio derecho como el izquierdo, implicados en la percepción sonora, la atención y la memoria de trabajo.

Pero su impacto va más allá de lo cognitivo. La música tiene un efecto directo en el plano físico y emocional: mejora la coordinación motora, favorece el bienestar psicológico y actúa como regulador del estrés a través de la expresión artística y la práctica colectiva.

Educación imprescindible

Más allá de ser una asignatura optativa o una actividad extraescolar, cada vez más centros educativos, tanto públicos como privados, incorporan la música como una herramienta clave para el desarrollo integral del alumnado. Fortalece la memoria, la concentración y la creatividad, al tiempo que refuerza la autoestima, la seguridad y la expresión corporal. También impulsa la socialización, al fomentar dinámicas de grupo basadas en la escucha, la cooperación y el trabajo en equipo.

Una investigación publicada en Frontiers in Neuroscience concluye que los niños que reciben lecciones musicales estructuradas muestran mejoras significativas en habilidades verbales, memoria y planificación, con un impacto positivo en su rendimiento académico general.

«Trabajar la música en la escuela implica desarrollar hábitos mentales y emocionales»

En dirección contraria

En un contexto marcado por la inmediatez, las pantallas y el consumo rápido de contenidos, estudiar música va, en muchos sentidos, a contracorriente. «Cuando se trabaja la música en los coles se desarrollan mucho los hábitos mentales y emocionales, como la atención sostenida, la constancia o la gestión del error. Vivir el proceso de crear algo, equivocarse y volver a intentarlo son aptitudes que se están perdiendo en la sociedad», afirma Eneko Garai Gordoni, profesor y encargado de educación musical en Primaria de San Felix Ikastola.

En un momento en el que abundan las creaciones musicales prefabricadas y de consumo inmediato, permitir que los niños conozcan las disciplinas artísticas desde dentro «puede marcar la diferencia». «Que sientan la música, que la creen y sean parte de ella. Ya sea haciendo teatro, un vídeo o una composición. Vivir todo el proceso completo les ayuda después a elegir con criterio lo que les gusta y lo que no», apunta el profesor.

Un aprendizaje integral

El enfoque de San Felix Ikastola apuesta por un aprendizaje práctico, en el que la teoría se traslada al día a día del alumnado. La música atraviesa los proyectos escolares y está presente tanto en la presentación de contenidos como en el trabajo transversal de distintas materias. Da igual si se aborda la Edad Media o un tema de actualidad: la música creada por los propios alumnos forma parte del proceso.

El aprendizaje sistemático de instrumentos es otro de los pilares del centro. «Por ejemplo, el ukelele se aprende desde tercero hasta sexto de Primaria. Eso permite entender que aprender es un proceso completo: cuidar el instrumento, adquirir disciplina, equivocarse y seguir», explica Garai Gordoni.

En la primera infancia predominan los instrumentos de percusión, mientras que en los cursos más avanzados se forman batucadas. «Y toda la música que aprendemos la sacamos a la calle: carnavales, fechas conmemorativas o actuaciones para las familias. Porque el último paso del aprendizaje es compartirlo. No hay nada más satisfactorio que comprobar que detrás de un concierto hay esfuerzo, disciplina y un proceso que ha merecido la pena. Esa es la filosofía de la educación artística, y es aplicable a cualquier aspecto de la vida».

En un sistema educativo que a menudo prioriza la velocidad sobre el proceso, experiencias como la de San Felix Ikastola recuerdan que aprender también implica detenerse, escuchar y construir paso a paso. La música, entendida no como un fin sino como un medio, se convierte así en una herramienta para formar alumnado más consciente, creativo y preparado para afrontar la complejidad del mundo que le rodea. Porque, al final, educar no es solo transmitir contenidos, sino acompañar en la manera de mirar, sentir y participar en la vida.

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