Vivir con discapacidad: cuando el entorno es determinante para nuestra salud mental

La psicóloga sanitaria Macu Durán defiende que las emociones son «adaptativas, necesarias y facilitadoras» y deben acompañarse de apoyos, derechos y espacios amables

Por Laura Castellanos

Cuando una discapacidad o dependencia aparecen en la vida de una persona su realidad cambia indiscutiblemente. Lo conocido hasta entonces, la cotidianidad más simple que le rodeaba puede tornarse compleja y exigir una reorganización completa desde el hogar hasta otros espacios, como el laboral o de ocio. Diagnósticos y tratamientos copan toda la atención en un primer momento, pero es importante recordar no dejar en segundo plano la salud mental.

Macu Durán, psicóloga sanitaria de FEKOOR (la Federación Coordinadora de Personas con Discapacidad de Bizkaia), explica cómo es clave entender primero de dónde viene la discapacidad. El proceso, tanto de aceptación como de adaptación, alega, «es muy diferente si ocurre tras un acontecimiento traumático, o si viene derivado de un proceso de enfermedad, bien degenerativa, o sistémica que va afectando a la funcionalidad orgánica y/o física de nuestro cuerpo». Los tiempos, la información disponible y las posibilidades de anticipación no son los mismos.

Sin embargo, recuerda que las «reacciones emocionales tras una discapacidad sobrevenida son adaptativas, necesarias y facilitadoras». Habla así de «la tristeza por la pérdida de una parte de la salud y/o funcionalidad; rabia, frustración e impotencia ante los límites que ello conlleva; y el miedo ante un futuro incierto».

De hecho, recuerda que estas emociones «pueden vivirse de una manera casi simultánea junto con otras asociadas a otras vivencias no relacionadas con la discapacidad o dependencia», remarca. Lo conveniente, en palabras de la experta, es «transitarlas y acompañarlas», pues con ello se «facilita el proceso de adaptación y aceptación». Ese es el gran reto.

«El camino es muy diferente si ocurre tras un acontecimiento traumático, o si viene de una enfermedad»

Esto choca con el relato extendido de que el duelo se ordena en fases sucesivas. Nada más lejos. Explica Durán que las emociones, «ni se dan por fases ni hay que ‘superarlas’» para avanzar. Define cada proceso como individual, único y no lineal, por eso es más acertado hablar de «tareas adaptativas», problemas concretos que la persona trabaja a su ritmo en base a «rasgos de carácter y estilos de afrontamiento previos; y la capacidad que tenemos para enfrentar, sobreponernos y fortalecernos en las situaciones difíciles».

Pero, por otro lado, alude a la importancia que tienen también otros recursos que pueden resultar de gran ayuda en el proceso. Dichos recursos no implican únicamente al individuo, sino que la experta alude al entorno, en toda su magnitud, como elemento clave. Si todo se reduce a que la persona acepte una pérdida o una realidad distinta de la que conocía hasta ahora, la responsabilidad parece exclusivamente individual. Por ello, se cuestiona «qué podemos cambiar y adaptar para que los entornos no sean tan discapacitantes».

Así, alude tanto a los entornos propiamente físicos como el espacio público o la adaptación de viviendas, como el redefinir los espacios de trabajo, educativos, de ocio y deportivos con el fin de que sean mucho más inclusivos. Sin olvidar otro tipo de recursos igualmente beneficiosos, como el acceso al apoyo profesional y a ayudas económicas.

Modelo biopsocial

Este enfoque se enmarca en el llamado modelo biopsicosocial de la salud mental, es decir, «cuanto menos ‘discapacitante’ sea el entorno, más se favorece el proceso de adaptación y aceptación de la discapacidad y/o dependencia». Una acera en mal estado, un edificio sin ascensor, un puesto de trabajo inflexible o una burocracia infinita pueden convertir una limitación en una exclusión social cronificada a muchos niveles. Por ello el bienestar psicológico no depende solo del estado físico y/o orgánico de la persona, ni de sus estrategias personales.

Un tema con muchas aristas y agentes implicados que enlaza, directamente, con la revisión de derechos. «La vivencia de la discapacidad está condicionada por el constructo social que tenemos de la enfermedad, discapacidad y/o dependencia, y esto está en relación directa con los apoyos y recursos sanitarios, sociales, económicos y comunitarios con los que como sociedad nos dotamos para que todas las personas puedan ejercer los mismos derechos para el desarrollo de su vida autónoma e independiente», resume.

Una responsabilidad compartida que no trata de ofrecer concesiones o complementos puntuales, sino que cuestiona el espacio global para hacerlo más amable, accesible e inclusivo a todas las personas que forman parte de él en condiciones de igualdad. La atención psicológica puede ayudar a manejar el dolor, la ansiedad, el miedo o la incertidumbre, pero ésta es solo una de las partes visibles y siempre será limitada si, en paralelo, la persona enfrenta barreras continuas a la hora de desplazarse, trabajar, estudiar o relacionarse con otros.

Esto cambia por completo la forma de entender la recuperación o la asimilación de la nueva realidad. Mientras que los avances funcionales son de vital trascendencia, no lo son menos otras formas de sentir cierta recuperación de control. Esto puede encontrar su significado en ejemplos como poder volver a estudiar; retomar una relación o actividad social; sentirse escuchado, pero no sobreprotegido; o acompañar sin alentar una mayor dependencia… Dentro de unas metas concretas y realistas, el objetivo es poder decidir, en definitiva, sobre su propia vida en sociedad.

Una visión «comunitaria» de la discapacidad, define Durán, que nos afecta a todos «como las ondas expansivas tras caer una piedra en un estanque». Y recuerda «la importancia de cuidar de todas las personas que están prestando apoyos, sean profesionales, familiares, amistades…». Un «entorno humano» vital, así mismo, para cubrir con éxito «las necesidades relacionales, parte fundamental del bienestar psicológico para aprender a convivir bien con la discapacidad», concluye.

Pantallas

Pantallas

Otro aspecto a tener en cuenta, y que los estudios así lo demuestran, es que a causa del uso de las pantallas, se observan alteraciones en las rutinas del sueño. En este sentido, “la alteración de la arquitectura del sueño también modifica funciones cognitivas como la atención, la memoria y también provoca un aumento de riesgo de padecer ansiedad y depresión. Es decir, un círculo vicioso que en sí mismo puede llegar a generar un mayor desequilibrio psíquico. Más allá de la propia incertidumbre económica, vital y laboral”, afirma el doctor.

El médico tampoco quiere dejar pasar la oportunidad para comentar que “de ninguna manera hay que descuidar lo que es el trastorno mental severo, porque a veces cuando hablamos de salud mental no solamente es esa parte del trastorno leve y moderado. Y creo que también hay que hacer cierta psicoeducación de qué es, de lo que significa y cómo debe ser atendido”.

Respecto a las patologías que suelen estar en boca de todos, como la depresión y el déficit de atención, el doctor refiere que “pueden tener su punto de sinergia, ya que una persona con TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) puede llegar a padecer de depresión, siendo el TDAH un trastorno más del propio neurodesarrollo”. Al mismo tiempo, “las propias dificultades del TDAH pueden acabar desarrollando una depresión derivada de las dificultades adaptativas del propio trastorno, para que después obviamente también puedan aparecer síntomas depresivos”, analiza el experto.

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