Mi hijo repite: del drama familiar a la oportunidad de aprendizaje
El nuevo año escolar ha abierto en miles de hogares el reto de asumir un suspenso global en el que la gestión emocional de los padres es clave
Por Pablo Sanz
La confirmación oficial de que un hijo debe repetir curso, ya sea en Primaria o durante el periodo de la ESO, suele irrumpir en el núcleo familiar como un factor de severo estrés emocional y frustración tanto para los progenitores como para el propio menor. Lejos de reducirse a un mero trámite académico o administrativo, esta situación pone a prueba los mecanismos de comunicación y resiliencia de los hogares vascos en el inicio del año escolar. Los expertos en psicología del desarrollo insisten en que la manera en que los adultos canalicen la noticia determinará de forma directa la capacidad del alumno para recuperar la autoestima y afrontar el nuevo ciclo formativo sin complejos ni bloqueos.
El principal error en el que suelen incurrir las familias al procesar la repetición es abordar el escenario desde la óptica del castigo, la culpa colectiva o el reproche sistemático, dinámicas que únicamente consiguen cronificar el sentimiento de inferioridad del estudiante frente a su grupo de iguales. Los especialistas recuerdan que el cerebro de un adolescente en la ESO o de un niño en Primaria procesa este bache como un rechazo social, al verse obligado a separarse de su círculo de amigos habitual. Por este motivo, el primer paso en el hogar debe orientarse a desvincular el rendimiento académico del valor personal del menor, construyendo un espacio seguro de diálogo donde se valide su tristeza o su enfado antes de trazar cualquier plan de estudio.
Sin sobresaltos
En este punto, los especialistas recuerdan que la repetición no tiene por qué convertirse necesariamente en un evento traumático si se cuenta con las variables protectoras adecuadas. Si el ambiente familiar normaliza el hecho de que, tras un esfuerzo relevante, este puede ser un paso adecuado para su progreso, el menor lo asimilará mejor, aunque la edad es un factor determinante. «Como regla general, a mayor edad, mayores problemas sociales pueden derivarse de una repetición», detalla el psicólogo Luis de la Herrán, quien advierte además del peligro de utilizar discursos punitivos. «En ningún manual se ha considerado que el castigo, la ridiculización o la ironía funcionen para motivar. Debemos evitar el estilo sancionador y validar lo que sienten. Apelar de forma realista a los progresos que ha hecho, como recordarles aquella asignatura en la que mejoraron y decirles que estamos orgullosos, es una estrategia mucho más adecuada», incide.
Superado el impacto inicial de las calificaciones, la organización durante estos primeros meses de curso se convierte en el segundo gran caballo de batalla para los padres y madres. La neuroeducación aboga por mantener una estructura básica de responsabilidades, pero sin extirpar el tiempo necesario para el descanso, el deporte y el ocio digital controlado, elementos indispensables para que el menor recargue su salud mental. Una actualización excesiva de tareas académicas durante el año escolar sólo incrementará la reactividad y el rechazo del alumno hacia las aulas.
De acuerdo con De la Herrán, las familias deben vigilar especialmente la aparición de la ansiedad anticipatoria de cara a este nuevo ciclo, que suele traducirse en miedo o irritabilidad. No obstante, el experto pide no confundir estas preocupaciones lógicas con patologías crónicas. «Estar preocupado frente a un evento potencialmente estresante no es un déficit de salud mental, es una reacción normal del cuerpo. El problema real viene si se traspasan las líneas de la funcionalidad y el menor es incapaz de hacer su día a día».
Modular el lenguaje interno
El verdadero reto de adaptación social se materializa en septiembre, cuando el menor se integre en un aula nueva con compañeros de menor edad y afrontar el peso invisible del estigma del ‘repetidor’. Para minimizar esta transición, se recomienda realizar un trabajo de mentalización, enfocando la repetición no como un año perdido, sino como un tiempo extra de ventaja para consolidar bases, madurar y asegurar un futuro académico mucho más sólido y libre de ansiedad. La meta final de la crianza en este escenario no es conseguir un expediente perfecto a corto plazo, sino demostrar al menor que un tropiezo escolar es sólo una circunstancia modificable y nunca el fin de su camino de aprendizaje.
A modo de conclusión, el psicólogo enfatiza que las frases e ideas que nos decimos en nuestra cabeza —nuestro lenguaje interno— son los verdaderos moduladores de nuestras emociones en estas situaciones críticas. «Debemos trabajar con ellos qué expectativas o miedos tienen sobre la repetición para tener menos oportunidades de fracaso», señala. Es ahí donde se activa la resiliencia, un concepto que la psicología toma prestado de la física y que define como la propiedad de ciertos materiales para volver a su situación inicial tras sufrir un impacto, como una esponja a la que presionamos con el dedo. «La repetición escolar no genera un malestar inevitable por sí misma, sino que añade un riesgo emocional. Si lo gestionamos bien desde el entorno familiar con refuerzo positivo transformaremos esta crisis en una oportunidad real para crecer como personas».
