¿Te comerías un mejillón con etiqueta de microplásticos?

Científicos vascos estudian el rastro de los plásticos en mejillones, ostras o quisquillas, y alertan de sus efectos en la salud humana y el medio ambiente

Por Jazmín Romero

¿Te imaginas estar en el supermercado, leyendo la etiqueta nutricional de unos mejillones, y que allí figure cuántos microplásticos contienen? No es una exageración ni una distopía: es una posibilidad que se empieza a vislumbrar en los laboratorios de investigación desde que el problema de la gestión de los plásticos se posicionó como un problema medioambiental global.

Desde hace tres años, un equipo multidisciplinar de entre 10 y 12 personas, liderado por Manuel Soto –catedrático de Biología Celular de la UPV/EHU y director de la Estación Marina de Plentzia–, viene trabajando para localizar y cuantificar microplásticos en animales que forman parte de nuestra dieta, como son los mejillones, ostras y otros invertebrados.

El proyecto ha sido llevado a cabo a través de diversos experimentos en laboratorio, utilizando microplásticos fluorescentes de poliestireno para seguir su recorrido dentro del cuerpo de los mejillones. «Uno de los objetivos era ver en qué órganos se acumulan los microplásticos cuando entran en un organismo filtrador como el mejillón», explica.

Gracias a la fluorescencia de estas partículas, los científicos pudieron rastrearlas con precisión bajo el microscopio. También han estudiado cuánto tiempo tarda un mejillón en depurarse: «A los siete días todavía conservan microplásticos en su organismo», advierte el investigador.

Esto, teniendo en cuenta que los mejillones que son puestos en el mercado tienen una depuración de 24 horas. Destaca que, en este sentido, la normativa es bastante laxa; «en otros países es de 48 horas, fundamentalmente por causas de que haya toxinas en el agua y que pueda afectar».

En la reserva de Urdaibai

Además de los animales estudiados en laboratorio, los investigadores también han analizado el contenido de plásticos en los animales dentro del entorno natural, especialmente en la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. «Recogimos animales en diferentes puntos: mejillones, gusanas de pesca (poliquetos), también hemos cogido quisquillas y ostras. Los mejillones nos indican lo que hay en el agua, y los poliquetos, lo que hay en el sedimento», explica.

Para ello emplearon herramientas analíticas como la espectroscopía Raman, una técnica que permite identificar si las partículas detectadas son realmente plásticos o residuos inorgánicos. Aunque Urdaibai es una zona relativamente limpia, los resultados tampoco han sido muy tranquilizadores: los animales estudiados contenían partículas de plástico en su interior. Explica que estos contaminantes provienen de las actividades industriales relacionadas con la manipulación de plásticos para coches o para otro tipo de utensilios de un único uso. Los resultados de la investigación de estos años han sido presentados hace unas semanas en un congreso internacional en Austria.

Plásticos encontrados

Proveniente de envases, embalajes y vasos desechables.

Usado en bolsas de supermercado y botellas.

Hasta 5 mm de diámetro

Degradación de plásticos de un solo uso.

Plásticos que enferman

Los efectos de los microplásticos sobre la fauna marina son múltiples. En primer lugar, físicos: el estómago de los peces puede llenarse de partículas que impiden su alimentación, provocando la muerte por inanición. Pero también se suman los efectos químicos: «El microplástico transporta contaminantes adheridos, como metales pesados o hidrocarburos, que se liberan en el organismo una vez ingeridos».

Aunque en el músculo del pez es más difícil hallarlos, los productos envasados sí están expuestos a partículas desprendidas del propio material plástico alimentario. «En otros estudios se han detectado microplásticos en placenta, en sangre y hasta en el cerebro. Pueden atravesar ciertas barreras y afectar a la salud humana y también del medioambiente», advierte Soto.

El mar empieza en el monte

Soto insiste en una idea clave: «Todo lo que ocurre desde la punta del monte hasta el mar acaba llegando al mar». El plástico de uso cotidiano –bolsas, botellas, envoltorios– se fragmenta y llega al medio marino, donde puede ser ingerido por peces, cetáceos u otros invertebrados. Incluso animales no filtradores, como los poliquetos, lo incorporan al alimentarse del sedimento.

En Euskadi también se han hallado restos de micro y macroplásticos en cetáceos varados. «En el estómago de varios delfines hemos encontrado plásticos», confirma el catedrático.

El trabajo no se queda en el laboratorio. El grupo impulsa talleres en centros escolares y actividades de educación ambiental para sensibilizar sobre la problemática. «Está bien que las autoridades regulen, pero el cambio empieza por uno mismo», reflexiona.

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