Así es vivir en una casa de paja y un obrador con coste cero en energía en Carranza

La vivienda sostenible fue construida por una pareja hace más de 14 años 

Por Jazmín Romero

En medio de tanto ruido, urbanismo y modernidad, querer vivir de una forma más natural, rodeados de naturaleza y comida casera, parece cosa de locos. Aunque, no es otra cosa más que volver a nuestras raíces, y a esa vida de caserío en la que la vida no pasaba con tanta velocidad. Fue, precisamente, lo que buscaron Erika Yurre y su compañero Pedro Salgado cuando decidieron mudarse de Bilbao al valle de Carranza para emprender un proyecto de vida sostenible que entrelaza la vida rural, la sostenibilidad y el arte de hacer pan artesanal.

«En aquel entonces los dos estábamos terminando el doctorado de Bellas Artes y vivíamos en Enekuri, donde teníamos una huerta y empezamos a hacer pan porque todo nos quedaba muy lejos. Siempre tuvimos la idea de irnos a vivir al medio rural y poder trabajar desde nuestras propias casas. Hasta que salió la oportunidad de unirnos a un proyecto de construcción bioclimática hecha con fardos de pajas. Decidimos tirarnos a la piscina, aunque con el desafío de terminar de construirla».

Un hogar integrado en la naturaleza

La parte principal de la vivienda ya estaba construida, sin embargo, quedaba mucho por hacer. «Para la construcción hicimos un llamamiento de colaboración a través de una plataforma en la que se apuntaron muchos voluntarios, estudiantes de arquitectura o ingeniería que llegaban muy interesados en hacer sus prácticas como proyecto fin de carrera».

La pareja optó por levantar las paredes con fardos de paja —un excedente tras la cosecha del centeno—, recubiertas con cal y arena, un método que aporta aislamiento térmico y permite una construcción accesible sin conocimientos especializados. «La paja es un material económico y con unas cualidades de inercia térmica muy interesantes», explica Erika. Además, la madera utilizada procede de abetos Douglas de los bosques locales, y el tejado está cubierto con tierra y vegetación, un ‘tejado verde’ que protege de las oscilaciones térmicas y mimetiza el edificio con el entorno.

Pero el trabajo colaborativo no se limitó solo a la construcción de la casa. Erika describe cómo el auzolan se extendió entre sus contactos urbanos y la vecindad local para construir la casa y el obrador. Más de trescientas personas voluntarias, procedentes de diversas partes del mundo a través de la plataforma WWOOF han aportado su trabajo y conocimientos a una construcción realizada con criterios ecológicos, bioclimáticos y de bajo impacto medioambiental.

«Además de la construcción y otras actividades, como la huerta o el obrador, todo esto llegó a ser un campamento de verano con más de 300 personas que pasaron a ayudarnos», cuenta.

Aunque el proceso de la construcción duró casi 6 años, han logrado edificar una casa autosuficiente desde el punto de vista energético. Tanto la vivienda como el obrador son eficientes energéticamente y funcionan con energía renovable: una instalación aislada de placas fotovoltaicas y un sistema termosolar para agua caliente garantizan el suministro. La gestión del agua residual también sigue criterios ecológicos, con un sistema de compostaje para aguas negras y otro de lagunaje para aguas grises. «Producimos nosotros mismos lo que consumimos», destaca Erica.

La pareja optó por levantar las paredes con fardos de paja.

Cultivar con las manos, cocinar con el alma

En la pequeña huerta que rodea su casa, Erika Yurre encuentra más que ingredientes: halla conexión con el ritmo de la naturaleza y con su propio proyecto de vida. «La agricultura es súper agradecida. Con poco que haces, ya responde», cuenta.  Practican una agricultura ecológica regenerativa, que no remueve la tierra, sino que la cuida con acolchados de paja, abonos naturales y preparados con plantas medicinales como ortiga, consuelda o cola de caballo. «Una tierra sana da más y se enferma menos», resume.

De allí salen muchas de las materias primas del obrador: manzanas, frambuesas, calabazas, higos, kiwis o melocotones. Ingredientes que se transforman en bizcochos de calabacín, panes de calabaza o galletas con fruta de temporada. En su pequeño invernadero, logran proteger tomates, lechugas, espinacas y coles de las nieblas del entorno, todo destinado al autoconsumo familiar.

«No tenemos que estar todo el día trabajando la tierra. Se trata más bien de acompañarla», dice. Esa filosofía se refleja también en su cocina: recetas que respetan los ciclos y priorizan lo local. Cada estación no solo cambia el paisaje, también renueva el sabor de lo que sale de sus manos.

Practican una agricultura ecológica regenerativa.

El arte de conectar con la naturaleza

La casa y el obrador de Erika también tienen su lado pedagógico. A través de la visita guiada permiten vivir la inmersión en un estilo de vida sostenible. «Empezamos porque la gente venía los domingos a ver la casa», cuentan. Hoy las organizan para colegios, asociaciones, grupos en riesgo de exclusión y personas con autismo.

Durante dos horas y media —que «siempre se quedan cortas»— se recorre el obrador por dentro y por fuera, se conoce el horno de leña, la gestión forestal sostenible y se degusta una cata comentada con productos del taller y de kilómetro cero.

También se pueden sumar talleres: elaboración de pan o repostería saludable, cocina con plantas silvestres, preparados con plantas medicinales o jabones artesanales. «Queríamos seguir con la parte pedagógica; compartir esto también es parte del proyecto».

Interior de la vivienda.

Ama orea, un nombre cargado de significado

El obrador lleva por nombre Ama Orea, que significa masa madre en euskera. La elección fue un proceso con múltiples connotaciones para Erika. «Ama también significa madre, y justo al instalar el horno nació nuestro primer hijo», relata. Además, en griego orea significa ‘bien’, y dentro del nombre se esconde la palabra amor. «Es un concepto que engloba el respeto por los procesos naturales y el cuidado amoroso que impulsa nuestro trabajo».

Para hornear, diseñaron un horno de leña adaptado a sus necesidades tras visitar otros obradores y asesorarse con expertos. «No nos convencía ninguno de los modelos comerciales, ni por diseño ni por precio». Con la ayuda de un herrero de Villarcayo, lograron construir un horno de plataforma giratoria y fuego indirecto, incluso reciclando piezas como la cremallera de una hormigonera para los engranajes. «Nada es imposible, solo hay que echarle ganas y un poco de imaginación».

Obrador Ama Orea.
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