«La primera pregunta que cualquier escritor se tiene que hacer es ‘cómo evito que el lector me abandone’»

El autor de Portugalete se ha convertido en uno de los nombres destacados del panorama de la novela negra nacional

Por Leire Fernández

¿Cómo es el proceso de comenzar una nueva novela?
Yo creo que todo comienza tropezándote con algo. Y la labor del escritor es empezar a aclarar qué es eso. Son esos pequeños chispazos. Puede ser un personaje, puede ser una premisa de partida, una situación, un buen comienzo. Y cuando eres un tipo que no tienes ninguna presión, pues los chispazos vienen, tú estás fumando en pipa y un día se te ocurre algo, estás leyendo en la playa y un día se te ocurre algo. Después, cuando ya te conviertes en alguien que se dedica a esto, haces por que aparezcan los chispazos, trabajas en las ideas, provocando tu imaginación, haciendo juegos creativos muchas veces. Pero sí que es cierto que yo creo que las ideas, las mejores, siempre surgen así. De repente algo te llama la atención y empiezas a preguntarte cosas.

Cuando se escribe novela negra, ¿hay que tener claro todo el organigrama de la historia desde el principio?
Pues sí y no. Por un lado, tienes que intentar tener algunas cosas claras. Hay que tener claros los trasfondos, el porqué, la explicación final de todo lo que estás contando, esa visión general del puzzle que vas a desmontar después y colocar esa pieza, eso parece que no está mal tenerlo como en una pizarra previa, ¿no? Sería lo que cualquier persona muy analítica pensaría que es la manera de hacerlo. Y sí, pero no es toda la manera de hacerlo, porque al final esto se trata de escribir novelas. Y las novelas no son juegos de ordenador. Es una narrativa en la que hay más cosas, hay menciones, hay una tonalidad en cómo se cuentan las cosas, hay literatura. Y entonces aquí ocurre otra especie de pequeño milagro que los escritores tienen que saber detectar, que es la magia de cuando tú te pones a escribir y las cosas te llevan. Y también sucede en la novela negra. Esos personajes que te parecían que no tenían tanto, tienen mucho. Los que te parecía que tenían mucho, tienen poco. Situaciones que cuando empiezas a planificar las haces muy complicadas, después las resuelves de un plumazo. Y cosas en las que no tenías mucha fe y resultan ser una escena maravillosa. Yo normalmente sí que intento escaletar, organizar, planificar. Pero siempre con la sensación de que las cosas pueden cambiar.

¿Cómo se consigue hacer partícipe al lector en el rompecabezas y a la vez que no se aburra?
Ahí está la cuestión, la verdad. Hay muchos temas. La primera pregunta que cualquier escritor se tiene que hacer es cómo evito que el lector me abandone. Es una pregunta muy dura, pero es así. Hay que intentar que la gente no tenga motivos para dejar la narrativa. Tienes que tener siempre algo, un pulso, una pregunta abierta, algo que resolver. Puede ser un personaje del que has hablado, que has insinuado, has dado un brochazo a un personaje tan interesante que el público no se quiere marchar. Y después, trabajar con la gestión del cerebro. Ya no se lee como antes. Hoy en día se lee en intervalos cortos, una hora seguida ya es pedir mucho, y la gente tiene 2.000 millones de cosas en la cabeza. Entonces, gestionar cuántos elementos vas a ocupar, cuántos personajes vas a poner, cómo vas a hacer que el público los retenga en la cabeza, cómo resumes una y otra vez. Después, el juego del misterio se trata de que el lector crea que tiene las herramientas para jugar. Y se las das. De esa manera, el público se siente jugón, se siente que está participando, aunque tu objetivo es llevar a la gente donde tú quieres para que la sorpresa sea buena.

¿Pesa la presión cuando se ha tenido tanto éxito a la hora de sentarse a escribir la siguiente?
Totalmente. Siempre. Cómo lo gestiones es el tema. La presión certera es muy fácil de controlar. Pero la que no se ve, la que comienza a crecer con el paso de los años, esa es la dura para mí. El sistema es decir voy a escribir lo mejor que pueda o quizá lo peor que pueda. Hay una frase que dice que cualquier artista tiene que estar dispuesto a perder su reputación en la siguiente obra. Esa es la actitud.

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