Las ciudades como ecosistemas «más integradores»
Martha Thorne, experta internacional en arquitectura y urbanismo, defiende la idea de urbes «en las que todo está conectado»
Por Laura A. Izaguirre
¿Qué pasaría si al hablar de una ciudad tuviéramos en mente dos imágenes: la de un ecosistema y la de un jersey de lana de cuyos hilos vamos tirando? Dicho así parecen ideas inconexas y muy alejadas de lo que se presupone para entender una urbe del futuro, pero explicado por la experta internacional en arquitectura y urbanismo Martha Thorne, esas imágenes cobran otro sentido. «Cuando pensamos en un ecosistema se nos viene a la mente un bosque con árboles, plantas, fauna…, pero realmente es un ejemplo que podemos pensar para la ciudad. Por otro lado, seguro que en algún momento han tenido un jersey de cuyo hilo han tirado hasta darse cuenta de que si seguían, la prenda se desharía y se quedarían con una madeja, lo cual indica que todo está conectado», ejemplificó quien también ha sido directora ejecutiva del Premio Pritzker de Arquitectura. «El gran reto es dar orden para conseguir ofrecer algo útil, bello y también flexible», puntualizó.
Es decir, una ciudad en la que todo esté conectado, como en un ecosistema y en ese jersey de punto. Porque, ¿qué pasaría si en las ciudades todos condujésemos un coche eléctrico? Que tendríamos que enchufarlos en algún sitio, porque las baterías tienen su límite… «¿Y cómo lo haríamos, con unas instalaciones aisladas en las que sólo se puede aparcar si estás cargando el vehículo o intentaríamos hacer infraestructuras que sirvieran para más funciones, como para iluminar, consultar información, solicitar ayuda de emergencia…? Es decir, ¿qué pasaría si esas infraestructuras de carga, en lugar de tener un sólo uso pudiesen agrupar varios para utilizar tanto de día como de noche?», planteó Thorne.
Lo mismo ocurriría al hablar de peatones, más aún cuando cada vez más gente cruza los pasos de cebra mirando el móvil. «Si todos los vehículos fueran eléctricos no les oiríamos acercarse, por lo que habría más accidentes. ¿La solución? Quizás que los teléfonos estén conectados a los vehículos de manera que cuando estás cruzando te avise con un pitido para que mires qué está pasando», añadió la experta. A ello habría que sumarle que al ser los coches eléctricos se mejoraría la calidad del aire, lo cual, a su vez, repercutiría en los servicios sanitarios. E incluso, «si la ciudad está más silenciosa y el aire fuera más limpio, ¿tendríamos que rediseñar de alguna manera las fachadas de los edificios?», se preguntaba la arquitecta.
Cuestiones todas ellas que quizá suenen utópicas, pero con las que Thorne quiso visibilizar una idea: la importancia de pensar de una forma «más integradora», sobre todo en un momento en el que «cada día tenemos que trazar el camino hacia ese futuro desconocido al mismo tiempo que hay muchas exigencias». «Sabemos que a la vez que aumenta la presión para obtener mejores servicios en las ciudades, los presupuestos se están reduciendo, y eso significa que hay que administrar muy bien cómo hacemos las cosas. Al mismo tiempo, la tecnología está cambiando, la población está exigiendo más participación y demografía se está modificando debido a que el cambio climático, las guerras y todo tipo de desastres naturales y humanos están haciendo que la gente busque sitios más seguros para vivir», sentenció Thorne.
Adaptación a cada ciudad
Entonces, ¿qué se debe hacer? «En primer lugar, tener muy presente la idea de información fidedigna, los datos nunca nos dan la respuesta sino que los datos son una respuesta a las preguntas que hacen los humanos, y si no hacemos bien las preguntas, no tendremos información valiosa», destacó antes de enfatizar en las estructuras de gobernanza. «Siempre me ha sorprendido que tenemos departamentos de finanzas, de movilidad, de servicios urbanos, de residuos, de educación… como si fuesen independientes, y no lo son». Sin olvidar que también es esencial «permitir a los profesionales inventar, investigar y proponer distintas alternativas» y abogar «por que los espacios de la ciudad contribuyan a calidad urbana, porque no se trata solo de función, de dinero, de número de viviendas o de hectáreas… es la calidad, y eso viene cuando se involucra a muchos profesionales y se comparte una meta». ¿Con qué objetivo? «La ciudad tiene que estar concebida como un solo ecosistema, con el mundo natural, el mundo construido y el mundo digital como uno solo», puntualizó.
Claro que también es importante saber que «no hay una sola solución para todas las ciudades, sino que se trata de la adaptación a cada realidad, historia, topografía, cultura… Pero sigo insistiendo: tenemos que compartir visiones. Si vamos en distintas direcciones, daremos vueltas en círculo sin ir a ningún lado», recalcó la arquitecta. Y en ese camino es importante darse cuenta de que «como no tenemos la hoja de ruta exacta de la ciudad del futuro, tenemos que ser flexibles, evaluar qué hemos hecho y qué debemos cambiar en base a lo que hemos hecho mal y teniendo en cuenta a la población y aspectos como el cambio climático, la tecnología…».
Y ahí la colaboración es clave. «No el buenismo, sino ver el valor de cada parte de la sociedad y darse cuenta que cada persona, cada sector, cada grupo es muy necesario», aclaró la experta. Todo ello, por supuesto, sabiendo que «las leyes y normativas son súper importantes, pero ellas solas no van a poder garantizar un futuro mejor y más ‘vivible’ para las personas», concluyó Thorne retando al sector público.
De Columbus a los ‘Pocket parks’
Martha Thorne ejemplificó su idea de ‘la ciudad como ecosistema’ con dos modelos. El primero es la pequeña ciudad de Colombus, en EE UU, con una «altísima calidad arquitectónica y urbanística que se consiguió gracias a una empresa privada que a través de una fundación, dijo: ‘Si quieres hacer algo de calidad (a nivel arquitectónico y urbanístico), te ayudamos económicamente’, y en vez de restringir qué se podía hacer y qué no, dejó clara la importancia de que el sector privado, el público y el profesional compartieran metas comunes, y así han contribuido a crear un conjunto de edificios que demuestran la calidad arquitectónica, que son aceptados por la población».
El segundo de los ejemplos es más una idea que plantea Thorne, los ‘Pocket parks’ o ‘parques de bolsillo’. «¿Por qué no tener un parque o una granja urbana en espacios y superficies, como un aparcamiento o un solar, que durante meses o años no va a tener actividad?». Sería algo así como aprovechar esas zonas mientras no estén en uso, «de forma temporal y avisando a la ciudadanía de que no es algo permanente, pero permitiría hacer la ciudad más visible a corto plazo y demostrar la flexibilidad y la adaptación a este nuevo mundo», concluyó.

